Cuando llevas años en esto y ya nada te sorprende

Hay un momento en la vida de todo conductor en el que dejas de indignarte y empiezas a coleccionar. Las historias de camioneros no se inventan: se acumulan, kilómetro a kilómetro, hasta que un día te das cuenta de que ya nada te sorprende. Y ese día, amigo, es cuando de verdad eres de este oficio.
Porque al principio todo te parece un escándalo. El muelle sin sitio, el cliente que no aparece, el GPS que te la lía. Con los años, todo eso se convierte en paisaje. Te pasa algo absurdo y ni levantas la ceja: sacas el bocadillo, te apoyas en el guardabarros y esperas. Aquí van unas cuantas situaciones que, si llevas tiempo en esto, te van a sonar demasiado.
El muelle de carga diseñado por alguien que odia los camiones
Todos hemos llegado a ese polígono. El cartel dice "Recepción de mercancías" y la flecha apunta a un callejón donde no entra ni una furgoneta con complejo de grande. Para colocarte en el muelle tienes que hacer una maniobra en tres tiempos, con un contenedor a la izquierda, una farola a la derecha y un coche de un comercial aparcado justo donde tú necesitas ese metro que te falta.
Y mientras tú clavas la maniobra al milímetro, siempre hay alguien mirando. Nunca ayuda, ojo. Solo mira. Cuando terminas, se va sin decir nada, como si acabara de ver un documental que no le ha gustado.
Lo mejor es que ese muelle lleva así veinte años. Veinte años de camiones entrando de milagro, y a nadie se le ha ocurrido quitar la farola. La farola es intocable. La farola tiene más antigüedad que el encargado.
El GPS que te quiere ver sufrir
Otro clásico de las historias de camioneros: el navegador que un buen día decide que la mejor ruta para 40 toneladas pasa por el casco antiguo de un pueblo con calles del siglo XV. Tú vas confiado, siguiendo la voz esa tan tranquila que dice "gire a la derecha", y de repente estás metido en una calle donde los balcones se tocan y una señora te mira desde la ventana con cara de "otro más".
Ahí es cuando aprendes la regla de oro: el GPS es un compañero de ruta, no un jefe. Se le escucha, pero no se le obedece a ciegas. El día que entiendes eso, has ahorrado más dinero en retrovisores que en gasoil.
Y luego está la variante moderna: el GPS del cliente. "Pon estas coordenadas, que llegas directo". Llegas directo, sí. A un campo. A un campo precioso, todo sea dicho, pero un campo. La nave está a tres kilómetros, en otro polígono, con otro nombre y otra entrada. Ya nada te sorprende.
El encargado que se evapora justo cuando llegas
Esta es ciencia. Puedes llegar a la hora que quieras: el encargado acaba de irse. Siempre. Acaba de irse a almorzar, acaba de irse a una reunión, acaba de irse "un momento". Ese momento dura entre cuarenta minutos y una era geológica.
Tú has madrugado, has apretado para llegar en tu ventana horaria, has llamado dos veces para confirmar. Da igual. Llegas, y el chaval de la carretilla te dice la frase mágica: "Es que el que lleva eso no está". El que lleva eso nunca está. Empiezo a pensar que "el que lleva eso" es una leyenda, como el yeti, pero con vestuario de alta visibilidad.
Y cuando por fin aparece, ¿te pide perdón? No. Te mira el papel, mira el camión y suelta: "¿Y tú de dónde vienes?". De casa de tus muertos vengo, piensas tú. Pero sonríes, porque llevas años en esto y sabes que discutir con el encargado es como discutir con la niebla.
Cosas que ya ni cuentas cuando llegas a casa
Con el tiempo desarrollas un filtro. Hay historias de camioneros que ya ni cuentas porque en casa no te las creen o, peor, porque a ti ya te parecen normales:
- El cliente que te hace esperar cuatro horas y luego te mete prisa a ti.
- La báscula donde sobran 200 kilos y nadie sabe de dónde han salido.
- El "esto se descarga en cinco minutos" que se convierte en media mañana.
- La ducha del área que se traga tu moneda y se queda tan ancha.
- El coche que te adelanta, se te cruza y frena, todo para llegar un semáforo antes.
Cada una de estas cosas, la primera vez, te arruinaba el día. Ahora son parte del decorado. Las miras pasar como quien mira vacas desde la ventanilla.
Y aun así, aquí seguimos
Lo curioso es que, con todo, ninguno nos vamos. Te quejas del muelle, del GPS, del encargado fantasma, y a la semana siguiente estás otra vez subiendo al camión a las cinco de la mañana con el termo de café. Porque este oficio tiene algo que no tiene ningún otro: cada día es una historia nueva, aunque sea una historia de las que hacen apretar los dientes.
Que ya nada te sorprenda no significa que te hayas vuelto un amargado. Significa que has visto tanto que has hecho las paces con el caos. Y eso, en la carretera, vale más que cualquier máster.
¿Te ha pasado algo que supere esto? Seguro que sí. Todos llevamos encima un puñado de batallas que parecen inventadas. Cuéntalas cuando pares a comer, que para eso están los compañeros: para mirarte, asentir y decir "eso no es nada, verás lo que me pasó a mí en Irún".
Este artículo se ha redactado con ayuda de inteligencia artificial y lo hemos revisado antes de publicarlo.
